Elyna saludó al hombre con una sonrisa educada, pero una duda inmediata cruzó por su mente. No podía confiar del todo en aquellas emociones que parecían surgir demasiado rápido. Sabía que el amor, cuando era genuino, no aparecía de la noche a la mañana.Odín, por su parte, permaneció en la habitación de invitados, respetando el espacio que necesitaba Lucero y su hija. La tensión era palpable; cada gesto y cada silencio parecía contener palabras que nadie se atrevía a pronunciar.—Lucero, no mientas a tu madre —dijo Elyna con suavidad, tomando la mano de su hija entre las suyas—. Sé que tu hija no es de Odín. Te conozco, y sé que no amarías a un hombre tan rápido, ni de esa manera.Lucero bajó la mirada, sintiendo cómo su corazón se apretaba en el pecho. La verdad era un peso que no podía cargar sola, y la mirada de Elyna lo hacía aún más evidente.—Por favor, madre, no me digas nada —susurró, con un hilo de voz, casi implorando.Elyna asintió, apretando la mano de su hija con ternura
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