Lucero entró a la habitación donde estaba su pequeña, respiró hondo y firmó el alta, con la satisfacción de saber que, finalmente, todo había salido bien. Con cuidado, la cargó en sus brazos, sintiendo el calorcito del cuerpecito contra su pecho.—Ya vamos a casa, mi amor —susurró con dulzura, besándole la frente mientras la pequeña emitía un pequeño quejido de contento.Gabriel, que había estado observando en silencio desde la puerta, frunció el ceño y preguntó:—¿Vendrán conmigo?Lucero lo miró por un instante, evaluando la situación. Sus ojos se posaron en Odin, que estaba allí, a un lado, mirándola con esa mezcla de preocupación y paciencia que siempre la desarmaba un poco.—Sí, lo hago —respondió—, también tengo que cuidar a mi pequeño Diego.Odin bajó la mirada y asintió con suavidad, comprendiendo que no podía exigir más en ese momento. Gabriel, entonces, se acercó con una sonrisa, intentando aliviar la tensión que se respiraba:—¡Verónica, cariño, vienes con nosotros? —exclamó,
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