Los ojos de Lucero se abrieron con una intensidad que casi podía cortar el aire. La rabia hervía en sus venas, y cada músculo de su cuerpo parecía preparado para estallar.
Sin esperar un segundo más, avanzó hacia Miranda con pasos firmes, decidida, y la tomó del brazo con tal fuerza que la mujer apenas pudo sostenerse en pie.
Lucero no tenía intención de lastimarla, pero no podía permitir que alguien pusiera en peligro a Diego, su hijo.
Con un tirón, la sacó de la habitación, obligándola a cami