Lucero cerró los ojos, sintiendo una punzada de culpa que le atravesaba el alma. Lo arrulló con suavidad, balanceándolo de un lado a otro mientras le acariciaba el cabello rubio.—¡Perdóname, mi amor, perdóname! —le susurró con la voz quebrada—. Todo está bien, mamá está aquí. No llores más, pequeño.Con una fuerza lo llevó en brazos hasta su habitación.Lo recostó en su cama, rodeándolo de sus peluches favoritos, pero el niño no soltaba su mano.El pequeño Diego no dejó de llorar durante casi una hora.Cada vez que Lucero intentaba ponerse de pie o alejarse un poco de la cama, el niño se aferraba a su ropa y comenzaba a sollozar de nuevo, preso de una ansiedad que ella misma había provocado con sus peleas.**Al día siguiente, la luz suave de la mañana comenzó a filtrarse por las cortinas de la habitación de Lucero.Cuando ella abrió los ojos, sintió un peso cálido a su lado.Unas manos pequeñas la abrazaban con fuerza. El pequeño Diego estaba dormido a su lado, acurrucado en posición
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