Julián Altamirano sonrió con una mezcla de triunfo y alivio. Con un gesto protector, rodeó a Lucero con sus brazos, sintiendo la rigidez de su cuerpo bajo el encaje del vestido de novia.—Créeme, Lucero, esto es lo mejor que has hecho en tu vida —susurró Julián, mirándola fijamente a los ojos—. Sé que ahora no puedes verlo porque el dolor te nubla el juicio, pero Gabriel te hará feliz. Él te adora, lo ha hecho desde siempre y tú lo sabes perfectamente. Algún día amarás a Gabriel con la misma intensidad con la que él te ama a ti.Lucero no respondió. Sus labios temblaban y sentía un vacío inmenso en el pecho. No creía en las palabras de su padre.Para ella, el amor era lo que sentía por Davos, una pasión que la consumía, aunque ahora supiera que fue una e****a.Sin embargo, no tenía fuerzas para luchar más. Con la mirada perdida y el corazón hecho pedazos, tomó el brazo de su padre.Caminaron hacia las puertas de la iglesia, dejando atrás la sala privada que había sido testigo de su hum
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