Por un momento, el mundo exterior desapareció: los ruidos de la ciudad, las obligaciones, las deudas del pasado.Pero entonces, la realidad golpeó su mente como un martillo de hielo.Vera miró a Gerardo fijamente, y en ese instante, fue como si recuperara el control de sus propios sentidos, arrancándose de la neblina del deseo.—¡Es imposible, Gerardo! —exclamó ella, retrocediendo un paso, con la voz quebrada pero decidida—. Míranos. Esto que intentas construir es un castillo de arena frente a una marea implacable. Tú no me amas, Gerardo, y yo... yo tampoco te amo. No podemos engañarnos así. Esto no está bien, es un error que nos va a destruir a ambos y a nuestro hijo.El silencio que siguió fue denso, casi tangible. Gerardo no se movió de inmediato.La observó con una mezcla de dolor y una determinación feroz que Vera nunca había visto en él.Con una lentitud que resultaba tortuosa, él acortó la distancia y, con una suavidad infinita, acunó su rostro entre sus manos grandes y cálidas.
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