—Sí —confirmó el doctor, con una gravedad que hacía eco en las paredes—. Estás embarazada, Elyna.Elyna rompió a llorar de inmediato. No eran solo lágrimas de alegría; eran lágrimas de incredulidad absoluta, una mezcla de éxtasis y un terror que la hacía temblar desde los huesos. Se llevó las manos al rostro, sintiendo el calor de su piel.—Pero… ¡Dijeron que no podría! —sollozó ella, mirando a su esposo—. Julián, me dijeron que mi útero era demasiado débil, que después de aquel accidente, la vida nunca volvería a crecer dentro de mí.Julián Altamirano, tomó la mano de su esposa con una firmeza desesperada, como si temiera que ella pudiera desvanecerse si la soltaba.—Es verdad —intervino el médico, ajustándose las gafas y mirando a la pareja con una compasión profesional—. El embarazo es un milagro, pero debo ser brutalmente honesto: es de altísimo riesgo. La cicatrización previa de su útero representa un peligro. A medida que el bebé crezca, hay una posibilidad muy real de una rotur
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