El avión tocó el suelo de Canadá con un leve sacudón, y el sonido de las ruedas en la pista pareció más alto de lo que debía. Sara apretó los dedos en el apoyabrazos, sintiendo que el estómago se le revolvía.Cuando las puertas se abrieron y el aire frío invadió el pasillo, tuvo la confirmación de que todo era real. No era una pesadilla de la que despertaría. Era el comienzo de otra vida, en otro país, con otro idioma, y con un bebé en el vientre que ya no podía fingir que no existía.Pasaron por inmigración con rapidez. Alessandro hablaba con seguridad, entregaba documentos, sonreía cuando era necesario sonreír. Sara apenas lo seguía, con la cabeza baja, intentando parecer invisible. Sentía las miradas a su alrededor, aunque nadie estuviera, de hecho, prestando atención. La paranoia era suya.Afuera, la ciudad parecía demasiado limpia, demasiado organizada. Vehículos pasando, edificios altos al fondo, personas caminando con prisa y abrigos pesados. Ella tomó aire despacio, y el frío
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