Cada día que pasaba en Canadá, Sara se daba cuenta de lo difícil que sería volver a tener una vida común en Brasil.
Los días en aquella casa eran largos y monótonos, sin nada que hacer. Alessandro no le permitía ocuparse de nada, alegando que cualquier esfuerzo podría perjudicar al bebé. Por eso, ella terminaba aislándose en el cuarto o, a veces, en el jardín, leyendo un libro o entreteniéndose con las clases de inglés que él insistió en que tomara.
Durante el día, permanecía prácticamente sola