El avión tocó el suelo de Canadá con un leve sacudón, y el sonido de las ruedas en la pista pareció más alto de lo que debía. Sara apretó los dedos en el apoyabrazos, sintiendo que el estómago se le revolvía.
Cuando las puertas se abrieron y el aire frío invadió el pasillo, tuvo la confirmación de que todo era real. No era una pesadilla de la que despertaría. Era el comienzo de otra vida, en otro país, con otro idioma, y con un bebé en el vientre que ya no podía fingir que no existía.
Pasaron p