Cuando se dio cuenta de que ella estaba a punto de irse, Renato avanzó un paso y sujetó su brazo. El gesto fue impulsivo, más desesperación que intención, pero, en el mismo instante, vio la mirada de ella caer sobre la propia mano que la sostenía.Sara entrecerró los ojos, despacio, como si aquel simple contacto fuera algo que ya no estaba dispuesta a aceptar.—Sara… por favor —imploró él, con la voz baja, casi como la de un niño con miedo de perderse de su madre en medio de una multitud.Ella no respondió de inmediato; primero miró la mano de él en su brazo, luego levantó la mirada para encararlo.—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó. —¿Crees que puedes tocarme cuando quieras?Renato se dio cuenta en ese mismo momento de que había cruzado un límite; aun así, no la soltó de inmediato, porque sabía que, si la dejaba ir en ese instante, tal vez no tendría otra oportunidad.—Yo… —empezó, pero la voz le falló por un instante.Respiró hondo, como si finalmente estuviera aceptando algo
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