Capítulo 36. Tras la fortaleza flotante.
El Gulfstream G650, el jet privado de ultralargo alcance de Carusso Enterprises, cortaba la estratosfera a novecientos kilómetros por hora, una flecha de plata disparada hacia el corazón de la noche mediterránea.Dentro de la cabina presurizada, el lujo habitual de cuero crema y madera de nogal había desaparecido bajo una capa de tensión militar. No había copas de champán ni azafatas sonrientes. El aire olía a café quemado, desinfectante, quirúrgico y miedo.Diana estaba sentada o, más bien, semi recostada en uno de los sillones de cuero reclinables que habían convertido en una enfermería improvisada. Una vía intravenosa colgaba de su brazo izquierdo, bombeando un cóctel de suero salino, analgésicos de alto espectro y vitaminas directamente a su torrente sanguíneo.A su lado, la doctora Sato, una mujer menuda de rasgos asiáticos que formaba parte del equipo de extracción médica de Renzo, ajustaba el vendaje alrededor de su abdomen.—El vientre está inflamado, señora Carusso —murmuró S
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