Capítulo 32. Lo que hace una madre.
Pero Clara no había terminado. Se alimentaba del dolor ajeno; era su oxígeno.
—¿Sabes lo mejor? —continuó Clara, inclinándose hacia Diana, invadiendo su espacio vital—. Que Alessandro ni siquiera lloró cuando se lo entregué al contacto hace dos horas. Estaba tranquilo. ¿Sabes por qué?
Diana la miró, incapaz de hablar.
—Porque olió mi perfume —mintió Clara con crueldad—. Creyó que yo era su madre. Tú eres solo la incubadora, Diana. Una sirvienta que cumplió su función. En dos semanas, habrá olvi