Capítulo 31. La huida.
El aullido de las sirenas ya no era una amenaza lejana; era una realidad inminente que teñía las copas de los árboles de luces azules y rojas, rebotando contra la lluvia incesante.
—¡Tenemos sesenta segundos antes de que bloqueen la salida principal! —gritó Renzo , corriendo hacia la única camioneta blindada que quedaba operativa, con el barro salpicando sus pantalones de traje hasta las rodillas.
Massimo no miró atrás. No miró los restos humeantes de la avioneta donde el mercenario Kross yacía