El amanecer en The Cliffs no trajo la luz dorada de las promesas, sino un gris plomizo que se filtraba por las rendijas de las pesadas cortinas de terciopelo.El sobre azul de la citación internacional seguía sobre la mesilla de noche, un objeto pequeño, inofensivo en apariencia, pero que irradiaba una toxicidad que parecía marchitar las flores frescas del jarrón cercano.Aria se despertó con una presión en el pecho, esa clase de ansiedad que te hace sentir que el aire ha perdido su oxígeno.Se giró en la cama, buscando el calor de Killian, pero el lado derecho de la sábana estaba frío, el hueco que su cuerpo había dejado estaba liso, como si nunca hubiera estado allí.Se incorporó, envuelta en una bata de seda que le quedaba grande, y escuchó un sonido rítmico, sordo, que provenía del balcón de la suite.Al salir, el viento
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