La bruma del río Hudson se arrastraba sobre los muelles de Weehawken como un sudario gris, y el frío calaba hasta los huesos, pero Aria no temblaba.En su mano derecha apretaba el sello Beaumont, la pesada sortija de oro y amatista que representaba siglos de linaje, poder y, ahora, el precio de una vida que apenas empezaba a despreciar.— No vas a ir sola, es una ejecución, Aria, no una negociación — la voz de Killian era un rugido contenido en la penumbra del hangar donde habían preparado el equipo.Aria se giró hacia él, ajustándose la gabardina negra, sus ojos, antes suaves y llenos de dudas, ahora reflejaban la dureza del diamante.— Si vas tú, Bianca apretará el gatillo antes de que bajes del coche, ella te teme, Killian, pero a mí me subestima. Cree que sigo siendo la heredera que se rompe bajo presión — Aria puso una mano sobre el pecho de Ki
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