El estruendo dentro de la sala de audiencias fue sustituido por algo mucho más ensordecedor, el rugido de la ciudad de Nueva York.Al abrirse las pesadas puertas de bronce del tribunal, una muralla de flashes estalló frente a ellos, transformando la tarde gris en un campo de batalla de luces blancas.Cientos de reporteros, cámaras de televisión y curiosos se agolpaban tras las vallas de seguridad, gritando preguntas que se perdían en el viento.Aria se detuvo un segundo en lo alto de la escalinata, el aire frío de la libertad golpeó su rostro, y por primera vez en meses, no sintió que el oxígeno quemaba.A su izquierda, Harrison caminaba escoltando a Eleanor, protegiéndola con un brazo firme, como si temiera que el mundo volviera a desvanecerla. Pero a su derecha, pegado a su costado, estaba el hombre que lo había sacrificado todo por ese momento.Killian Sterling, o simplemente Killian, como ella lo llamaba en la intimidad de sus miedos, no llevaba su habitual máscara de frialdad, su
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