La penumbra de la madrugada envolvía el castillo en un silencio sepulcral, solo roto por el eco de los propios pasos de Aylén. Sin poder pegar ojo, con el alma en un puño, se echó una capa por encima y descendió hacia las profundidades de la tierra.Al llegar a la entrada de las mazmorras, el brillo de las lanzas de los guardias le cortó el paso.—Luna, no debería estar aquí a estas horas —dijo uno de los hombres, manteniendo la posición pero con un tono cargado de respeto.—Será solo un segundo, por favor... —suplicó ella. La desesperación en su voz era tan palpable que los guardias, tras intercambiar una mirada de duda, se hicieron a un lado y la dejaron pasar al corredor de piedra.Aylén caminó lentamente, sintiendo el aire viciado golpear su rostro. Al llegar a la celda, vio a Elara abrazada a su madre, Victoria, en un rincón de sombras. Enos, a quien habían regresado al calabozo tras su paso por el patio de armas, estaba tirado en el suelo, pero al ver el reflejo de la antorcha s
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