Rhevan esperó a que el médico se alejara por los pasillos superiores antes de dirigirse, con paso pesado y sombrío, hacia las escaleras que conducían a las profundidades del palacio. El aire se volvía más frío y húmedo a medida que descendía a los calabozos. Había guardias apostados en cada entrada, y al terminar de bajar los escalones de piedra, dos soldados más custodiaban celosamente la celda donde Elara permanecía encerrada.
A través de los pesados barrotes de hierro, se veía a Elara sentad