Elara se aferró a los barrotes, con los nudillos blancos y el rostro desencajado.
—¿Lo ves? ¡Fui yo! ¡Yo le devolví la vista! —gritó Elara, pegando su frente al metal frío—. Debería estar agradecido, Aylén. Debería ponerme en un altar, no en este agujero infecto. Dile que me suelte, dile que fui yo quien lo salvó de su oscuridad.
Aylén retrocedió un paso, horrorizada por la falta de arrepentimiento de su hermana. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, perdiéndose en el cuello de su vestido