Aylén salió del salón con el corazón galopando contra sus costillas, huyendo de la atmósfera asfixiante de la celebración y de la mirada gélida de su esposo. Corrió por los pasillos hasta que divisó la figura imponente de Rhevan, que supervisaba el traslado de los prisioneros.
—¡Rhevan! —exclamó Aylén, alcanzándolo y sosteniendo su brazo con desesperación, obligándolo a detenerse.
El guerrero se giró, observando las manos temblorosas de la Luna sobre su armadura. Sus ojos, antes amigables, ahor