La penumbra de la madrugada envolvía el castillo en un silencio sepulcral, solo roto por el eco de los propios pasos de Aylén. Sin poder pegar ojo, con el alma en un puño, se echó una capa por encima y descendió hacia las profundidades de la tierra.
Al llegar a la entrada de las mazmorras, el brillo de las lanzas de los guardias le cortó el paso.
—Luna, no debería estar aquí a estas horas —dijo uno de los hombres, manteniendo la posición pero con un tono cargado de respeto.
—Será solo un segund