Aylén permanecía recostada al lado de Kael, fundida en el silencio de los aposentos reales. Lo observaba dormir, sosteniendo sus manos entre las suyas con una delicadeza infinita; se veía tan tranquilo, con las facciones relajadas por primera vez en años. Sin embargo, en cuanto ella intentó moverse un poco para no incomodarlo, sintió que los dedos de él se cerraban con una fuerza renovada sobre los suyos.
—No te vayas... quédate aquí conmigo —susurró Kael, abriendo lentamente los ojos.
Aylén se