La antigua casa crujía como si también guardara resentimientos entre sus paredes. Era amplia, pero oscura; elegante en apariencia, aunque el aire que se respiraba dentro siempre parecía cargado de algo más que polvo. Allí había vivido Aylén con sus padres y con su hermana. Allí había aprendido a bajar la mirada y a callar.Elara caminaba de un lado a otro en la sala principal, furiosa. No eran pasos normales; eran pisadas cargadas de rabia. Tomaba lo que encontraba a su paso y lo lanzaba contra el suelo: un florero que se hizo añicos, un candelabro que rodó por las baldosas, un pequeño marco de madera que se partió al chocar contra la pared.—¡Basta! —gritó su madre finalmente, levantándose del sillón con el ceño fruncido—. Elara, ya basta, ¿qué es lo que te sucede?, ¿qué quieres?Elara se detuvo solo un instante, respirando con violencia, los ojos encendidos.—Ya no soporto más esto, madre. Estoy furiosa y enojada que ustedes hayan permitido que Aylén se casara con el alfa.Su padre,
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