Más allá del río seco —se dijo a sí misma Elara mientras avanzaba con paso firme, apartando ramas y observando cada rincón a su alrededor—, tiene que ser aquí.
El lugar no se parecía a nada de lo que conocía. El aire era distinto, más denso, y el silencio no era natural, como si incluso los animales evitaran ese territorio. Caminó unos pasos más, entre la maleza, intentando encontrar alguna señal que coincidiera con lo que su madre le había descrito.
Había sido mucha la espera.
Y ya no estaba d