El aire en la habitación seguía cargado, espeso por la tensión que no terminaba de romperse. Kael permanecía de espaldas a ella, los músculos marcados por el esfuerzo de contener algo que luchaba por salir. Su respiración era profunda, irregular. Ares estaba demasiado cerca de la superficie.
Aylén lo observó unos segundos más.
No veía peligro.
Veía lucha.
Lentamente, sin hacer movimientos bruscos, llevó sus manos al lazo de la bata de seda que cubría su cuerpo. Sus dedos no temblaban esta vez.