VALENTINAIntento levantarme. Lo intento de verdad. Pero antes de que pueda, una mano me agarra del cabello y me levanta a la fuerza. Espero otro golpe, espero la muerte, espero el fin.Pero no llega.—¡Basta! —la voz de Enzo Falconi corta el aire como un cuchillo.El gordo se detiene, jadeando, su ojo único clavado en mí con una furia que promete venganza.—¡Me sacó el ojo, jefe! —brama el gordo, su voz un alarido de dolor y furia mientras se presiona la cuenca vacía con una mano manchada de sangre—. ¡Esta perra me…!—Ya oí —lo interrumpe Falconi, su voz calmada, terriblemente calmada. No hay prisa en sus palabras, ni sorpresa, ni siquiera enfado. Solo esa frialdad de quien ha visto demasiada sangre como para inmutarse—. Ve a que te arreglen eso.El gordo jadea, su único ojo sano clavado en mí con un odio tan denso que casi puedo palparlo. La sangre sigue brotando entre sus dedos, espesa, oscura, empapando su camisa, formando charcos en el suelo de cemento. Su rostro es una máscara d
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