CAPÍTULO 22De repente, los golpes y el timbre cesaron abruptamente.Se escuchó un ruido diferente en el pasillo. Y luego, una voz. Una voz profunda, grave y cargada de una amenaza gélida que atravesó la pared y llegó hasta los oídos de Catarina.—¿Se puede saber qué estás haciendo, Rodrigo?Catarina, sentada en el suelo de su entrada con las rodillas contra el pecho, contuvo la respiración. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, pegando la oreja a la madera fría de la puerta, incapaz de moverse.Rodrigo, que un segundo antes aporreaba el timbre con la insistencia de un niño malcriado, se había quedado congelado con el dedo en el aire. Se giró lentamente hacia la izquierda, donde Sebastián de la Torre estaba de pie.— Hola vecino... —tartamudeó Rodrigo, bajando la mano y tratando de componer una sonrisa de vecindad—. Hombre, qué susto. No te escuché llegar. Solo estaba... bueno, ya sabes, charlando con Catarina. Cosas de vecinos.Sebastián dio un paso hacia el pasillo. Un sol
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