El portazo de Maximilian Vanderbilt dejó una vibración persistente en las paredes del despacho, pero el silencio que lo sucedió fue mucho más violento. Lysandra permaneció sentada, con la espalda rígida contra el cuero de su silla. Sus dedos, aún temblorosos, se presionaron contra sus labios. La quemazón del beso de Maximilian seguía allí, era una marca de posesión que no lograba borrar con el dorso de su mano. Se sentía sucia, pero no por el contacto en sí, sino por la reacción involuntaria de su propio cuerpo. Su corazón golpeaba contra sus costillas con una fuerza que le provocaba náuseas.Lo inesperado se impuso. No solamente era el acto en sí mismo de la vnfesiónde VAmderbilt, sino también el beso robado y en frente de Adrián, su verdugo, el traidor que se regodeó en una eòca en los brazos de Vania en su cara, sin remordimiento alguno, pese a sus súplicas. Ahora era ella quien lo hacía, y no por voluntad propia, sino por fuerza de un destino que no terminaba de asimilar ni creer
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