—Lysandra... —intentó él una última súplica.
—¡Fuera! —le ordenó con una autoridad que no admitía réplicas.
Adrián salió del despacho con los hombros caídos, arrastrando los pies como un condenado. La humillación era total. No solo había perdido su estatus, sino que acababa de presenciar cómo el hombre que más envidió era ahora su objeto de odio, su rival, quien reclamaba a su mujer frente a sus ojos, y lo peor de todo era saber que no podía hacer absolutamente nada para evitarlo.
Lysandra cerr