Adrián y Vania caminaban por el pasillo central de Imperial Textiles, Adrián con los hombros hundidos, mientras que Vania en medio de su altivez iba con la nariz respingada y la mirada al frente como si nada hubiera sucedido, iban escoltados por el silencio condenatorio de los empleados que antes agachaban la cabeza ante ellos. Vania apretaba su bolso vacío contra su costado, con el cuello desnudo y rojo tras la humillación de entregar las esmeraldas frente a los oficiales. Estaban a escasos metros de la salida principal cuando la voz de Lyra cortó el aire, deteniéndolos en seco.—¡Adrián! —gritó ella desde el umbral de su oficina—. Detén tu paso. Quiero hablar contigo, una última vez.Él se giró con una mezcla de miedo y esperanza patética en los ojos. Vania, en cambio, se interpuso entre ambos, conservando un rastro de su arrogancia habitual.—Él no tiene nada que decirte, Lysandra, o Lyra, o como sea que te llames ahora —escupió Vania—. Cualquier conversación que quieras tener con
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