El portazo de Maximilian Vanderbilt dejó una vibración persistente en las paredes del despacho, pero el silencio que lo sucedió fue mucho más violento. Lysandra permaneció sentada, con la espalda rígida contra el cuero de su silla. Sus dedos, aún temblorosos, se presionaron contra sus labios. La quemazón del beso de Maximilian seguía allí, era una marca de posesión que no lograba borrar con el dorso de su mano. Se sentía sucia, pero no por el contacto en sí, sino por la reacción involuntaria de