Los cristales estallaron en mil pedazos, cubriendo la alfombra y la piel de Adrián. Él soltó un alarido, protegiéndose los ojos con los antebrazos mientras Lysandra, poseída por una furia que no conocía límites, avanzaba sobre él con los puños cerrados. La sangre del hombro de Adrián goteaba sobre el mármol, pero ella no sentía lástima; sentía una satisfacción eléctrica.—¡Lárgate de esta habitación! —le gritó Lysandra, con un tono de voz que no era humana; si no un rugido de dolor acumulado durante años.Adrián, temblando, trató de recuperar el aliento. Sus ojos se fijaron en los trozos de cristal que brillaban sobre su piel.—Lysandra, mírame... estoy herido —balbuceó él, señalando el corte del abrecartas y los rasguños del espejo—. No puedes hacerme esto. Soy tu esposo.—Eres un parásito que se alimentó de mi desgracia —le respondió ella. Se acercó a él, ignorando que sus propios pies descalzos pisaban algunos cristales—. No eres nada. Ni siquiera eres un buen criminal. Un buen cri
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