La luz del amanecer apenas comenzaba a rayar el horizonte cuando el teléfono personal de Lysandra vibró sobre el mármol del tocador. Ella no había dormido. El peso de los documentos de Suiza era una losa sobre su pecho. Vio el nombre en la pantalla: Maximilian Vanderbilt. No dudó. Atendió la llamada con la voz firme, desprovista de la calidez que él intentaba imponer en sus encuentros.
—¿Tan temprano revisando tus conquistas territoriales, Maximilian? —preguntó ella, apretando el auricular cont