Capítulo 83La tensión en la villa era tan densa que se podía sentir en la piel, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Alaric no volvió a la cama; se quedó de pie en la terraza, con el torso desnudo y la mirada perdida en las hogueras que punteaban las colinas. La duda, ese veneno que Valerius había inyectado con su proyección, supuraba en el silencio. No dudaba de la lealtad de Isolde, sino de su propia capacidad para competir con un pasado que él no podía borrar.Isolde se acercó a él, envolviéndose en una fina bata de seda que dejaba poco a la imaginación. Se colocó detrás de él, pegando su cuerpo a su espalda, sintiendo el calor irradiando de sus músculos tensos.—Si sigues mirando esa oscuridad, terminarás convirtiéndote en ella, Alaric —susurró, deslizando sus manos por el abdomen firme de su marido, buscando el contacto que siempre lograba amansar a la fiera.—Él tiene razón en algo, Isolde —dijo Alaric, sin girarse, pero permitiendo que sus manos cubrieran las de ella—
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