Capítulo 77El descenso no fue una caída, fue una ignición. Envueltos en una burbuja de energía que fluctuaba entre el plateado cegador de Alaric y el azul eléctrico de sus hijos, la familia Vance rasgó la atmósfera como un meteorito de carne y voluntad. El calor era abrasador, una presión que amenazaba con aplastar sus pulmones, pero en medio de aquel infierno, Alaric no soltó a Isolde. Sus cuerpos desnudos, aún impregnados de los fluidos de la nave y del rastro del éxtasis compartido, se fundían bajo la fuerza de la gravedad.Alaric la envolvía con sus brazos y piernas, actuando como un escudo físico y térmico, mientras su sangre Vance hervía, regenerando las quemaduras de su espalda al mismo ritmo que el roce del aire las provocaba. Isolde, con el rostro hundido en el hueco del cuello de su hombre, canalizaba la potencia bruta de Julian y Phoenix, tejiendo un capullo de resonancia que los protegía del vacío.—¡Aguanta, Isolde! —el rugido de Alaric no salió por su boca, sino que ret
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