Capítulo 81
La partida de Valerius dejó un rastro de aire gélido en el patio de la villa, una frialdad que parecía filtrarse a través de los muros de piedra caliza. Alaric permanecía de pie, con los puños apretados y la mandíbula tan tensa que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas de acero. La sola mención de un pasado donde Isolde pertenecía a otro hombre despertaba en su sangre Vance un instinto territorial que rozaba lo maníaco.
—Entra en la casa, Isolde —ordenó Alaric, su voz e