El Mediterráneo rugía bajo el casco del "Anatolia", pero el estruendo del agua no lograba acallar el silencio sepulcral que había quedado en el camarote. Alaric permanecía de pie, con la nota manchada de sangre apretada en su puño, sintiendo cómo el eco del calor de Isolde se desvanecía de sus sábanas y de su piel. La traición del destino era un sabor amargo en su boca, pero el mensaje de ella, oculto bajo el rastro de su propia vida, era la chispa que evitaba que su alma se apagara por completo.Marcus entró en el camarote, limpiándose el rostro con el dorso de la mano. Sus ojos, acostumbrados a la muerte, se suavizaron al ver a Alaric desmoronado sobre la mesa de mapas.—Se han ido, jefe —dijo Marcus con voz ronca—. Se movieron con una precisión que no he visto en veinte años de guerra. Esa flota no era del Círculo; era algo mucho más antiguo y letal.—Lo sé —respondió Alaric, y al levantar la vista, sus ojos grises ya no reflejaban dolor, sino una determinación gélida que hizo que
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