Capítulo 76
El rugido de la nave nodriza no era metálico, sino el alarido de un sistema nervioso biológico que se desgarraba. En el suelo de la cámara de procesamiento, Alaric e Isolde permanecían entrelazados, con la respiración entrecortada y la piel todavía encendida por el calor de su unión. El sudor brillaba en sus cuerpos desnudos bajo las luces rojas de emergencia que palpitaban como venas a punto de estallar. Habían convertido su pasión en un pulso electromagnético humano, una sobrecarg