El trayecto desde la suite de Julian hasta la sala de conferencias privada del hospital parecía un recorrido por las entrañas de un laberinto diseñado por el propio Alaric. Isolde caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudencial, consciente de que cada roce de sus abrigos, cada cruce de miradas, era una chispa en un polvorín. El hospital, a esa hora de la mañana, bullía con una actividad frenética que contrastaba con el silencio sepulcral que emanaba de Alaric. Él no hablaba; simplemente abría puertas y marcaba el paso, con Marcus siguiéndolos a unos metros como una sombra de granito.Finalmente, entraron en un despacho revestido de maderas oscuras y luz tenue, un oasis de sobriedad clásica en medio de la frialdad médica. Alaric cerró la puerta y, por un momento, el único sonido fue el zumbido del aire acondicionado y el pulso acelerado de Isolde.—Me pediste la verdad, Isolde —empezó Alaric. Se acercó a un mueble bar de cristal y se sirvió un vaso de agua con manos que, por p
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