Capítulo 28: La Sed del EspejoEl silencio en Shamballa-Azu tras el enfrentamiento con Némesis no era de paz, sino de una expectativa eléctrica. Alaric permanecía en el balcón de la estancia arbórea, con el torso vendado por las sedas medicinales de las Anclas Olvidadas. Sus ojos grises no se apartaban de la espesura esmeralda que rugía bajo ellos. Sabía que los monstruos del Consejo no morían por un golpe de daga; simplemente mutaban.Dentro, a la luz de las lámparas de savia fosforescente, Isolde acunaba al niño. Su nueva túnica verde, imbuida de la energía de la selva, se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Sentía la fuerza de Alaric flaqueando por el cansancio, y el romance de los Vance, siempre reactivo, la empujó a levantarse. Dejó al pequeño en su cuna de raíces entrelazadas y se acercó a su marido, rodeando su cintura con sus brazos.—Deja de buscarlo en las sombras, Alaric —susurró ella, apoyando la mejilla en su espalda ancha y caliente—. Está aquí, en la red. Siento su
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