Capítulo 29: El Rastro de la Sangre Compartida
La luz del alba en Shamballa-Azu no trajo el consuelo habitual. El aire en la estancia de los Vance estaba cargado, denso como el mercurio, vibrando con una tensión que no emanaba de los motores de resonancia, sino del pecho de Alaric. Él permanecía de pie junto al ventanal, con la mirada perdida en la bruma que ascendía desde el suelo de la selva. Sus manos, envueltas en vendajes de seda verde, se cerraban y abrían rítmicamente, un tic de combate