El humo denso y acre, nacido del titanio derretido y la pólvora, flotaba en el despacho de Silas Cavendish como una niebla fúnebre. Las alarmas seguían aullando en la distancia, un coro de advertencias inútiles, pero dentro de esa habitación destrozada, el tiempo parecía haberse vuelto un fluido espeso.Arthur Windsor-Windham estaba de pie sobre los restos humeantes de la puerta acorazada. Su respiración era errática, un jadeo húmedo que delataba el pánico subyacente bajo su furia. La pistola con silenciador temblaba en su mano derecha, apuntando directamente al centro del pecho del anciano patriarca.Las chispas anaranjadas del metal fundido salpicaban sus botas tácticas, pero Arthur no las sentía. Sus ojos, desorbitados y rodeados por la piel enrojecida de sus cicatrices recientes, estaban fijos en la consola destrozada sobre el escritorio de caoba.—Jaque mate, Arthur —había dicho Silas, con una voz que era un susurro rasposo pero que resonaba con la fuerza de un trueno—. No tienes
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