El tiempo, que durante cinco años había sido un enemigo implacable, un juez cruel que contaba los días de su separación, se había transformado finalmente en un aliado silencioso.Habían pasado cuatro meses desde la primera noche que pasaron en la casa de Richmond sentados en el suelo comiendo pizza. En ese lapso, el invierno había cedido su agarre helado sobre Londres, permitiendo que los primeros brotes de la primavera comenzaran a pintar de verde el bosque privado que rodeaba su nuevo hogar. La rutina, una palabra que Maxxine Cavendish solía asociar con el aburrimiento, se había convertido en su mayor tesoro.Para Joe Kensington, cada mañana que despertaba sin el sonido de alarmas de seguridad o llamadas de la Interpol era un pequeño milagro. Pero había un secreto que le quemaba en el bolsillo de la chaqueta desde hacía mucho tiempo. Desde antes de la caída de Arthur en la catedral. Desde aquella noche en Australia, cuando la casa de la playa voló por los aires y comprendió que la v
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