El silencio que siguió a la revelación de la emboscada tenía el peso del plomo. En la inmensa nave de la Catedral de San Pablo, bajo la atenta mirada de los santos de mármol y los cien láseres rojos que rasgaban la penumbra, el tiempo pareció detenerse.Arthur Windsor-Windham, el hombre que había entrado creyéndose un dios vengativo, era ahora un animal acorralado.Su respiración era irregular, un jadeo áspero que resonaba en la acústica perfecta del templo. Miró a los tiradores apostados en las cornisas superiores, luego a la falange de mercenarios de negro que bloqueaba cualquier ruta de escape hacia la Cripta. No había puntos ciegos. No había negociación táctica posible.El líder del escuadrón de la Triada que acompañaba a Arthur, un veterano curtido en guerras no declaradas, hizo un cálculo frío de la situación. Evaluó los ángulos, el número de efectivos enemigos y la falta de comunicaciones. No eran mártires; eran hombres de negocios.—Bajad las armas —ordenó el líder en mandarín
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