En la penumbra de la habitación principal, el sonido de los propios sollozos de Valentina se fue apagando poco a poco, no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque la supervivencia se impuso. Miró la bandeja de comida que Luna le había dejado; el vapor de la sopa ya no subía, pero el aroma seguía allí, recordándole que no estaba sola en ese cuerpo.
Se llevó las manos al vientre, sintiendo una patada suave, casi imperceptible, que funcionó como un ancla a la realidad.
—No puedo derrumb