El sonido del pomo girando se escuchó en el silencio del estudio como el percutor de un arma antes de dispararse. Valentina sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. No hubo tiempo para esconder el teléfono, cuya pantalla aún brillaba con las palabras aterradoras: "Daño cerebral, hemorragia, tumor", ni tampoco para devolver el frasco ámbar a la oscuridad del cajón.
La puerta se abrió de golpe, revelando la figura imponente de Declan. Él se detuvo en el umbral, con la mano aún en la manil