La pantalla del ordenador iluminaba el rostro de Valentina, quien, envuelta en una manta de lana, compartía su primera videollamada formal con Mila desde que aterrizó en Florencia. Afuera, el sol italiano se filtraba entre los edificios renacentistas, pero dentro de la habitación, el aire todavía se sentía cargado con la humedad de la nostalgia.—Como podrás darte cuenta, ya estoy establecida en Italia —dijo Valentina, forzando una sonrisa que no lograba encender sus ojos, los cuales seguían plagados de una tristeza antigua—. Las cosas por aquí marchan bien. Todo es tan diferente... el aire que respiro, la gente, los lugares. Realmente, Mila, este es un lugar para sanar. Creo que estaré bien.Mila, al otro lado de la cámara, suspiró. Conocía a su amiga demasiado bien para creerse esa fachada de paz absoluta.—Entiendo que te haga falta creer eso, Valen —comenzó Mila con cautela—. Sin embargo, sigo pensando en que esta decisión afecta a la otra parte. Sé que lo detestas, pero creo que
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