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Declan no había probado bocado sólido en tres días; el café negro y el remordimiento eran su único sustento. La falta de sueño le había hundido los ojos y afilado las facciones, pero lo más peligroso era su temperamento. Estaba irritable, una bomba de relojería que detonaba ante el más mínimo error.

Adriana entró con una serie de contratos que requerían su firma inmediata.

—Señor, los informes de la auditoría están listos y... —empezó ella, pero fue interrumpida por un golpe violento sobre el
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