La mañana comenzó con el mismo matiz grisáceo que se había vuelto crónico en la vida de Declan. El sol, aunque brillante, se sentía como una agresión directa contra sus sienes. El éxito del proyecto tecnológico de la noche anterior solo le había dejado una boca amarga y una resaca que le martilleaba el cráneo.En el comedor, Luna se movía con la agilidad de una sombra, intentando no hacer ruido con los cubiertos. Conocía bien los ciclos de su señor, pero hoy, el mal humor de Declan era casi tangible, una neblina densa que llenaba la habitación. —Su jugo verde, señor Westerfield. Ayudará con el malestar —dijo Luna en voz baja, colocando el vaso sobre la mesa.Declan ni siquiera la miró. Sus movimientos eran bruscos, llenos de una impaciencia contenida. Gruñó algo ininteligible, una queja sobre la luz o el sabor de la bebida, y apartó el vaso con tal fuerza que un poco de líquido se derramó sobre el mantel impecable. Luna suspiró para sus adentros, aturdida por la hostilidad gratuita,
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