Declan se había levantado temprano, pero no por entusiasmo, sino por la ansiedad que le impedía cerrar los ojos. Su primer gesto, casi mecánico, fue tomar el teléfono. Marcó el número de Valentina por décima vez en menos de dos horas, pero la respuesta fue la misma: «El número que usted marcó se encuentra fuera de servicio».
El frío recorrió su columna vertebral. No era que ella rechazara la llamada; era que la línea ya no existía. Frustrado, llamó a Dorian.
—No puedo contactarla, Dorian —soltó